Álvaro García
Durante años, la paja se ha considerado un ingrediente de relleno en las raciones para el ganado lechero. Sin embargo, en la actualidad, se ha reconocido su papel como un componente nutricional para el control del equilibrio energético y metabólico de las vacas durante el periodo de transición. Este análisis resume la evidencia científica disponible sobre las características nutricionales de la paja y su función fisiológica en los programas de alimentación de vacas secas. Además, se hace especial hincapié en su influencia en la regulación del consumo, la función ruminal y la adaptación metabólica durante el periodo de transición. Los resultados de los últimos estudios indican que la paja correctamente procesada, cuando se incluye en cantidades moderadas, contribuye a mantener la salud del rumen, favorece un consumo estable de materia seca y reduce la incidencia de trastornos metabólicos tras el parto. También se analiza cómo el tamaño de la partícula, la humedad de la ración y la uniformidad de la mezcla influyen en el comportamiento ingestivo y en la producción. Estos aspectos son especialmente relevantes para los sistemas lecheros de regiones con un clima cálido o con recursos limitados, donde el uso de residuos de cultivos de cereales sigue siendo una estrategia práctica para controlar el aporte energético y preservar la salud ruminal.
Introducción
El periodo de transición, que abarca las tres semanas previas y posteriores al parto, es la fase de mayor exigencia metabólica del ciclo productivo de la vaca lechera. Durante esta etapa, el objetivo de la alimentación no es maximizar la producción, sino preparar el metabolismo y el rumen para el elevado flujo de nutrientes propio del inicio de la lactación. Un consumo excesivo de energía durante el periodo seco favorece el engorde y la infiltración de grasa hepática, lo que incrementa el riesgo de cetosis y de sufrir un desplazamiento del abomaso tras el parto (Overton y McArt, 2015). Por eso, formular raciones que aporten suficientes nutrientes sin promover una acumulación excesiva de grasa corporal se ha convertido en un aspecto clave del manejo nutricional moderno.
En este contexto, la paja cuenta con unas ventajas claras. Aunque su contenido en proteína y energía es bajo, aporta volumen y fibra físicamente efectiva a la dieta, lo que estimula la rumia y la secreción de saliva, contribuyendo así a mantener la capacidad tampón del rumen. A este subproducto de la producción de cereales, tradicionalmente considerado de escaso valor nutritivo, se le reconoce ahora como un componente funcional y rentable dentro de las dietas con restricción energética. En las regiones donde los forrajes de buena calidad son escasos o caros, la paja correctamente procesada permite reducir la densidad energética de la ración sin comprometer la salud digestiva.
El papel nutricional de la paja en las dietas de las vacas secas
La composición nutricional de la paja difiere notablemente de la de los forrajes habituales. La paja de trigo o cebada contiene, por lo general, entre un 3 y un 5 % de proteína bruta y menos de 1,0 Mcal de ENL por kilogramo de materia seca, mientras que en el heno o ensilado de buena calidad se superan las 1,4 Mcal kg⁻¹. Su contenido en fibra detergente neutro suele superar el 70 %, lo que aporta estructura a la ración, pero una cantidad limitada de energía digestible. Esta composición permite diluir la densidad energética de las raciones sin restringir el consumo de materia seca.
Cuando se incorpora a la dieta en proporciones del 15 al 30 % de la materia seca total, la paja contribuye a mantener una concentración energética próxima a 1,3 Mcal de ENL por kilogramo de materia seca, un rango óptimo para las vacas Holstein en periodo seco con una condición corporal moderada. Estas dietas permiten un consumo suficiente para mantener el llenado ruminal y la actividad microbiana, al tiempo que evitan un exceso de aporte energético (Havekes et al., 2020a). Las vacas alimentadas con dietas con restricción energética formuladas con paja antes del parto presentan unas concentraciones más bajas de β-hidroxibutirato y ácidos grasos no esterificados tras el parto que aquellas que reciben dietas sin restricción energética (Janovick et al., 2011).
Más allá de su efecto diluyente energético, la estructura fibrosa de la paja favorece la masticación y la producción de saliva, lo que ayuda a estabilizar el pH ruminal y a mantener un entorno microbiano más estable. Estos efectos facilitan una transición más fluida hacia las dietas de lactación, ricas en carbohidratos fermentables. Por el contrario, el uso exclusivo de forrajes de alta digestibilidad antes del parto puede reducir la rumia, lo que predispone a las vacas a sufrir episodios de acidosis cuando se les introduce a las dietas de lactación.
El tamaño de las partículas, la uniformidad de la mezcla y el comportamiento ingestivo
Aunque la composición nutricional define el potencial de la paja, sus características físicas son las que determinan su eficacia práctica dentro de la nutrición animal. El tamaño de las partículas condiciona la forma en la que las vacas interactúan con el alimento en el comedero. Las partículas largas, por encima de los 8 cm, suelen favorecer la selección: las vacas apartan el material más fibroso y consumen los ensilados o los concentrados más sabrosos, lo que da lugar a un consumo desigual de nutrientes y a fluctuaciones del pH ruminal. Por el contrario, unas partículas demasiado cortas, por debajo de 2 cm, reducen el denominado «efecto de rascado», necesario para estimular la rumia, y pueden generar unas raciones polvorientas y poco apetecibles.
Diversos estudios han demostrado que picar la paja a una longitud intermedia de 2-3 cm proporciona el mejor equilibrio entre la homogeneidad de la mezcla y la fibra físicamente efectiva (Havekes et al., 2020a). Con este tamaño, la capacidad de selección por parte de las vacas es mínima, lo que garantiza que la ración consumida se aproxime a la formulada. Es fundamental mantener esta uniformidad, ya que las inconsistencias en la estructura física del alimento pueden provocar variaciones en el consumo de materia seca, fermentaciones ruminales irregulares y trastornos metabólicos como la cetosis subclínica.
El orden de mezclado y la humedad de la ración también influyen en el éxito de la inclusión de la paja en la dieta. Dado que se trata de un material ligero y elástico, tiende a mezclarse mal si se incorpora en las primeras fases del proceso. Muchos profesionales logran una mayor homogeneidad añadiendo primero los ensilados, seguidos de los concentrados y los minerales, y añadiendo la paja al final. La ración debe mezclarse el tiempo suficiente para distribuir la fibra de forma uniforme, pero sin prolongar en exceso el proceso hasta destruir el tamaño de la partícula. Las raciones excesivamente secas acentúan la selección, mientras que la adición moderada de agua o el uso de ensilados más húmedos favorece la cohesión del conjunto, al adherirse las partículas finas a la fracción fibrosa.
El seguimiento del comportamiento de las vacas proporciona una retroalimentación temprana sobre la eficacia de la ración. Cuando en los restos de los alimentos no consumidos predominan las fibras largas, suele indicar que ha habido selección, mientras que una disminución del apetito o la presencia visible de polvo apuntan a un procesado excesivo. La disponibilidad constante de alimento, los empujes frecuentes de la ración y la ausencia de intervalos prolongados sin comida ayudan a mantener un consumo estable durante los días críticos previos al parto.
Consecuencias fisiológicas y de manejo
Una inclusión bien gestionada de la paja influye no solo en el consumo, sino también en la estructura del rumen y en el metabolismo hepático. Las dietas con restricción energética formuladas con paja mantienen la sensibilidad hepática a la insulina y reducen la movilización excesiva de grasa corporal, disminuyendo así la incidencia de sufrir hígado graso y trastornos asociados (Janovick et al., 2011). Las papilas ruminales se mantienen funcionales, el pH ruminal permanece por encima de 6,0 y las vacas en transición se adaptan a las dietas de lactación con menos descensos en el consumo.
La evidencia cuantitativa respalda estos beneficios. Havekes et al. (2020a) observaron que las vacas alimentadas con paja picada a 2-3 cm consumieron aproximadamente 1,5 kg más de materia seca al día durante el periodo preparto y presentaron unas concentraciones de cuerpos cetónicos un 30 % más bajas tras el parto que aquellas alimentadas con paja picada a 10 cm. En un estudio complementario, el ajuste de la humedad en las dietas con un alto contenido en paja mejoró la uniformidad del consumo y redujo las alteraciones metabólicas (Havekes et al., 2020b). En conjunto, estos resultados demuestran que el procesado físico y el manejo de la alimentación suelen ser más importantes para el éxito del uso de la paja que su propio valor nutritivo.
Estas conclusiones son especialmente relevantes para explotaciones lecheras en las que la calidad del forraje fluctúa de forma pronunciada a lo largo del año y los residuos de cultivos de cereales están ampliamente disponibles. La inclusión de paja picada en las raciones con un aporte energético controlado permite estabilizar el rendimiento durante la transición sin depender en exceso de concentrados caros. Con un ajuste adecuado del aporte proteico y mineral y, cuando sea necesario, el uso de sales aniónicas, las dietas con paja pueden lograr unos resultados sanitarios comparables a los obtenidos en explotaciones de regiones con un clima templado que utilizan forrajes de mayor calidad.
Conclusiones
La paja, cuando se procesa y maneja correctamente, es mucho más que un subproducto de bajo valor nutritivo. Su inclusión estratégica en las raciones de vacas secas permite moderar el consumo energético, mantener la salud ruminal y reducir la incidencia de trastornos metabólicos al inicio de la lactación. El éxito de su uso depende de la uniformidad del tamaño de la partícula, de una mezcla adecuada y de prestar especial atención a la humedad de la ración y al manejo del comedero. En sistemas lecheros de regiones con climas cálidos o recursos limitados, la paja constituye una herramienta accesible para mejorar la precisión nutricional y el éxito del periodo de transición. Su correcto uso refleja un cambio de enfoque en la nutrición del vacuno lechero: dejar de considerar la paja como un simple relleno y reconocerla como un elemento central de las dietas con restricción energética.
Las referencias bibliográficas empleadas en este artículo están disponibles a solicitud.
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