La disminución del metano, ¿aumenta la producción? No necesariamente | Dellait

Álvaro García

La mitigación del metano entérico ha cobrado protagonismo como estrategia para disminuir la huella climática de la ganadería. Aunque el metano supone una pérdida de la energía del alimento, las intervenciones destinadas a reducir su producción no siempre se traducen en un aumento de la productividad animal. Este artículo analiza las bases biológicas de esta aparente contradicción, centrándose en la dinámica del hidrógeno en el rumen, los flujos de carbono y las limitaciones termodinámicas que limitan el uso de la energía disponible para el crecimiento de animal o la producción de leche.

Introducción

Como investigadores, siempre nos ha guiado la ley de Lavoisier: la materia ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Cuando se trata de la mitigación del metano, cabría esperar que se cumpliera el mismo principio. Si se evita que el carbono termine convertido en metano, lo lógico sería que se destinara a la producción animal, como a la carne o leche.

Sin embargo, en la práctica, ninguno de los aditivos disponibles actualmente en el mercado que afirman reducir las emisiones de metano puede acreditar incrementos proporcionales en la producción animal. ¿Por qué ocurre esto? Supongamos que un aditivo reduce las emisiones de metano de una vaca en un 50 %. Una vaca lechera emite de media aproximadamente 400 litros de metano al día; una reducción del 50 % supondría evitar la emisión de unos 200 litros diarios, equivalentes a unos 143 gramos de metano o 108 gramos de carbono al día. Dado que un litro de leche contiene aproximadamente 120 gramos de carbono, ese carbono potencialmente disponible podría permitir, en teoría, producir unos 0,9 litros adicionales de leche por vaca al día. En una vaca que produce 40 litros de leche diarios, esto representaría un incremento potencial del 2–2,5 %. No obstante, gran parte de ese carbono no se destina a la producción de leche debido a las ineficiencias metabólicas, las demandas fisiológicas concurrentes y las limitaciones en la eficiencia fermentativa, lo que ayuda a explicar por qué la mitigación del metano no se traduce automáticamente en un aumento proporcional de la producción.

El papel de la metanogénesis en el funcionamiento del rumen

El metano generado durante la fermentación ruminal puede representar entre el 2 % y el 12 % de la energía bruta ingerida por los rumiantes. Por este motivo, mitigar las emisiones de metano debería aumentar la energía disponible para el crecimiento o la producción de leche. De hecho, diversas estrategias nutricionales, desde forrajes que contienen taninos hasta aditivos alimentarios, consiguen disminuir las emisiones de metano al inhibir la metanogénesis o al modificar el flujo del hidrógeno en el rumen. Sin embargo, los estudios muestran de forma consistente que la mitigación del metano no conlleva necesariamente un aumento de la productividad, lo que pone de manifiesto la complejidad del metabolismo ruminal.

La metanogénesis no es un simple proceso que desperdicia energía, sino que cumple una función clave como vía de eliminación del hidrógeno. Durante la fermentación de los carbohidratos, los microorganismos generan hidrógeno (H₂) y cofactores reducidos que deben eliminarse para mantener una fermentación eficiente. Los metanógenos consumen este hidrógeno para formar metano, manteniendo unas presiones parciales de hidrógeno bajas en el rumen y permitiendo que la fermentación microbiana se desarrolle con normalidad. Cuando se inhibe la producción de metano, se altera la dinámica del hidrógeno y la eficiencia global de la fermentación.

Los flujos de carbono e hidrógeno en el rumen

Cuando se reduce la formación de metano, el carbono y el hidrógeno que habrían dado lugar a este gas se desvían hacia otras rutas metabólicas, pero no todas ellas contribuyen de forma directa a la productividad del animal. La inhibición de la metanogénesis suele ir acompañada de un aumento de la producción y eructación de hidrógeno, lo que supone una pérdida de energía que el animal no puede aprovechar. Parte del hidrógeno puede redirigirse hacia la formación de propionato u otros ácidos grasos volátiles que actúan como precursores de la glucosa, y una fracción del carbono liberado puede incorporarse a la biomasa microbiana del rumen. Sin embargo, estos cambios suelen ser limitados, ya que el crecimiento microbiano está restringido por factores como la disponibilidad de nitrógeno, la velocidad de paso del contenido ruminal y la eficiencia de la absorción. Además, el exceso de biomasa microbiana acaba siendo excretada, sin contribuir directamente al rendimiento productivo.

Por otro lado, el aumento de la presión parcial de hidrógeno en el rumen hace que la fermentación sea termodinámicamente menos favorable, lo que ralentiza la degradación de los carbohidratos y reduce la eficiencia fermentativa global. Como consecuencia, incluso una reducción importante del metano suelen traducirse en ahorros energéticos relativamente bajos, normalmente del 1–3 % de la energía bruta consumida, que a menudo no bastan para compensar otras limitaciones productivas como el aporte de nutrientes, el potencial genético o el estrés ambiental. Por último, el rumen prioriza la estabilidad metabólica frente a la maximización de la transferencia energética, ajustando los patrones de fermentación para mantener el equilibrio redox más que para maximizar la energía disponible para el animal.

Entonces, ¿qué se puede hacer?

Para que las estrategias de mitigación del metano generen resultados productivos, la inhibición de la metanogénesis debe ir acompañada de una gestión eficaz del hidrógeno. Por este motivo, muchas intervenciones logran mejorar los parámetros ambientales sin aumentar el consumo, la producción de leche ni la eficiencia alimentaria. Es más probable que haya respuestas productivas cuando las dietas favorecen la canalización del hidrógeno hacia rutas metabólicas útiles desde el punto de vista energético, como la formación de propionato, la síntesis de biomasa microbiana o la biohidrogenación de lípidos.

En la práctica, se obtiene un mayor retorno de la inversión optimizando primero el funcionamiento de la dieta base. Un equilibrio adecuado entre carbohidratos fermentables y fibra efectiva, el mantenimiento del pH ruminal dentro de rangos óptimos y la sincronización entre la energía disponible en el rumen y la proteína degradable, mejoran la eficiencia fermentativa y reducen la intensidad de las emisiones de metano con un coste mínimo. Estos ajustes a nivel de la explotación son un requisito previo para que cualquier aditivo mitigador de metano funcione correctamente y, en muchos casos, ya generan beneficios productivos por sí mismos.

También pueden lograrse otras mejoras mediante la incorporación deliberada de sumideros alternativos de hidrógeno. La inclusión moderada de grasas insaturadas aumenta la densidad energética de la dieta y consume hidrógeno durante la biohidrogenación, siempre que el contenido total de grasa no supere unos niveles que perjudiquen la digestión de la fibra. Los forrajes funcionales y unos niveles moderados de taninos condensados, como los presentes en el loto corniculado, ofrecen un enfoque complementario al reducir parcialmente la actividad de metanógenos y protozoos, al tiempo que mejoran la utilización del nitrógeno.

Los inhibidores directos del metano pueden reducir de forma notable la producción de este gas, pero su rentabilidad económica depende en gran medida del contexto. Cuando se utilizan en dietas que ya están bien equilibradas, que favorecen una fermentación eficiente y una adecuada utilización del hidrógeno, es más probable que reduzcan la intensidad del metano sin comprometer, e incluso mejorando, la eficiencia alimentaria. Por el contrario, su uso en dietas mal equilibradas, o combinado con unos niveles excesivos de grasa u otros compuestos inhibidores, suele mitigar el metano a costa del consumo y la digestibilidad, dando lugar a respuestas productivas limitadas o incluso negativas, pese a los buenos resultados en lo que se refiere a las emisiones.

Los siguientes aspectos determinan si la mitigación del metano tiene posibilidades reales de ser rentable según la formulación de la dieta.

Intervenciones dietéticas

Comprobar primero (lo más importante)
  • Suficiente aporte de almidón fermentable y fibra.
  • pH ruminal estable (5,8–6,3).
  • Ajuste entre proteína y energía (sincronización de la degradabilidad).
Favorecer el uso del hidrógeno
  • Grasa en niveles moderados (semillas oleaginosas; grasa total ≤ 6–7 %): en el caso de las vacas de alta producción que consumen unas 25–27 kg de materia seca al día, la grasa total de la dieta no debería superar el 6–7 % de la MS, lo que equivale aproximadamente a 1,5–1,8 kg de grasa total por vaca al día.
  • Ejemplos prácticos de semillas oleaginosas:
    •  Semilla de algodón: 1,4–2,7 kg/vaca/día
    • Semilla de soja: 0,9–2,3 kg/vaca/día
    • Semilla de colza: 0,9–1,8 kg/vaca/día

Es importante evitar unos niveles elevados de grasa, que reducen la digestión de la fibra y el consumo.

  • Forrajes funcionales (mejoran el funcionamiento del rumen, no solo aportan nutrientes), como el loto corniculado, la esparceta, el trébol rojo y las mezclas bien gestionadas de leguminosas y gramíneas que aportan compuestos bioactivos o características estructurales que favorecen una fermentación eficiente, mejoran el uso de la proteína y pueden reducir las emisiones de metano sin comprometer el consumo ni la producción de leche.
Productos mitigadores de metano
  • Incorporarlos al final, no al principio.
  • No utilizar varios aditivos.
Controlar los resultados
  • Consumo de alimento
  • Producción de leche
  • Componentes de la leche

Una disminución del consumo o de la grasa láctea indica que el enfoque no es el adecuado.

Expectativas realistas
  • Leche: de 0 a +1 kg/día.
  • Mejores resultados = mayor eficiencia alimentaria.

Contextualizando las pérdidas de carbono

Las pérdidas de carbono en los rumiantes son inevitables, ya que el carbono de la dieta acaba oxidándose y siendo liberado principalmente en forma de dióxido de carbono. No obstante, cuando se reduce la producción de metano, parte del carbono, que normalmente se perdería de forma inmediata, se incorpora temporalmente a otros componentes del sistema, como los ácidos grasos volátiles, la biomasa microbiana o los productos animales, antes de oxidarse mediante las vías metabólicas habituales. Aunque esto no termina con la pérdida de carbono, sí mejora la eficiencia con la que se utilizan el carbono y la energía del alimento, reduce la emisión de un gas de efecto invernadero especialmente potente y disminuye la intensidad de metano por unidad de producto. En este sentido, la mitigación del metano no implica conservar el carbono, sino redirigirlo hacia vías metabólicas más productivas y climáticamente favorables dentro del sistema rumiante.

Reflexión final

En última instancia, la mitigación del metano debe abordarse como un reto de nutrición de las explotaciones y no como una simple cuestión de selección de aditivos. Las estrategias más fiables y rentables son aquellas que optimizan primero la fermentación ruminal y, posteriormente, incorporan herramientas que canalizan el hidrógeno hacia rutas metabólicas productivas. Cuando se respeta esta jerarquía, la mitigación del metano no solo supone una mejora ambiental, sino también una oportunidad para aumentar la eficiencia biológica y la rentabilidad a largo plazo.

Las referencias bibliográficas empleadas en este artículo están disponibles a solicitud.

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